Escuchar a otras madres le abrió un horizonte. Sus palabras la empoderaron lo suficiente como para convencerla de poder hacer algo con la muerte y sus efectos. A medida que pasa el tiempo, muchas de esas palabras terminan de alcanzarla. Le muestran su importancia una vez que dimensionan su soledad y su aislamiento. Le permiten ver que entre ella y esas madres hay una diferencia que lo hace todo distinto. No tiene que ver con el tiempo transcurrido entre las muertes y su encuentro. Tampoco con el tipo de muerte que irrumpió sus vidas, ni con la historia de lxs hijxs que han perdido.

Esas madres pudieron inscribir la muerte en un lenguaje que convirtió sus duelos en una experiencia abierta al significado y también a otrxs. Ella, en cambio, la tiene encapsulada en su interior. Su duelo tiene todavía la densidad de los sentires y el carácter reservado e inaccesible de la intimidad.

Ella quiere salir de su encierro. Necesita empezar a hablar y compartir su tristeza. Quiere sentirse como esas otras madres, rodeada de otrxs en el armado de una historia que integre la ausencia. Se esfuerza por traducir esa zona de contacto entre sí misma, la muerte y su bebé. Pero las palabras no logran mediar esos bordes ni ofrecerle perspectiva. Se le atoran en la mano y en la garganta. No fluyen. Ni escritas, ni pronunciadas. Toman forma sólo en su pensamiento reforzando su confinamiento.

Esas pocas palabras que logran salir de ella le terminan pareciendo forzadas. Le resultan demasiado duras o excesivamente dúctiles. Inmensas o muy triviales. No calzan en ese intersticio que ella desea expandir o se escabullen en él sin alcanzar a significarlo. No logran conectarla con otrxs ni hacer del dolor algo más que una experiencia sólo suya. Compartir su duelo es más difícil de lo que hubiera imaginado.

Ella esperaba encontrar en las palabras la potencia liberadora que sintió en las de esas madres. Pero las suyas le muestran algo distinto: el límite de lo que quiere ser dicho y no puede ser enunciado. No sabe cómo resolver esta tensión. Pero quizás no sea eso lo importante, sino lo que su duelo le indica a través de esa resistencia. No puede hablarse algo que todavía necesita ser descifrado.
Las palabras quedan retumbando dentro de ella. A medida que la recorren, se llenan de densidad y de mixtura. Ponen en evidencia ideas que han dejado de tener sentido, así como compartimentos rotos entre dimensiones suyas que se había esmerado por delimitar. Las palabras no salen, pero en su interior crecen y se multiplican. Maduran y se convierten en palabras de otro tipo. No relacionan pensares con sentimientos, ni a su cuerpo con el intelecto. Condensan una racionalidad distinta que emana de esa zona de frontera entre su vitalidad y la muerte que alberga.

Cuando menos lo espera, finalmente sucede. Su duelo se deja hablar. Lo hace de un modo inusitado, casi con encanto. Un aroma la toma de sorpresa y la conecta con su bebé antes de haber nacido. Las palabras empiezan a brotarle y se escucha reviviendo ese momento junto a sus otrxs hijxs. La sensación de estar otra vez todxs juntxs dura lo que ese aroma hasta que se pierde.
Pero, así de efímera, la sensación alcanza para que sus palabras y las de sus hijxs la perpetúen en la historia compartida que comenzó a tejerse. Pensó que sería hablar la muerte lo que la sacaría del encierro. No imaginó que terminaría liberándola un recuerdo lleno de vida. Creyó que las palabras compartidas le quitarían peso a su tristeza. Pero hicieron mucho más. Llenaron la muerte de infancia.

Además de licenciada en Sociología, doctora en Filosofía y docente universitaria, Ailin Reising es una mamá a la que las vueltas de la vida acercaron a la reflexión sobre la muerte y las emociones.
A cuatro años de la llegada y la pronta partida de uno de sus hijos, toma coraje y pone en palabras su dolor y sus procesos. Porque la palabra es el mínimo código común en que podemos compartir situaciones siempre tan únicas, pero también tan eco de dolores de otrxs. Al leer su duelo como una oportunidad de dialogar con esos otros dolores, deja de ser “su propio duelo” y toma una dimensión compartida que lo saca de ese lugar al que culturalmente este tipo de pérdidas está condenado: la esfera de lo íntimo, lo personal (a lo sumo, familiar), pero en silencio respecto del resto del mundo.
Contundente y tierna, como es ella, nos regala sus “Escenas de duelo perinatal”.