Como humanas, pero sobre todo como proyecto de comunicación y salud, nos sentimos absolutamente interpeladas por la situación de escala planetaria que ha puesto en boca de todxs la palabra “salud”. Celebramos que esta palabra esté en el centro de los debates, aunque no somos inocentes con respecto al manejo de la información que los medios masivos empresariales y oficiales realizan, como siempre, con objetivos difíciles de identificar con claridad mientras tratamos de ajustar nuestra vida cotidiana a la nueva dinámica unificadora. 

No queremos recomendarte mil cosas que deberías hacer ni que te preocupes por no tener todos los materiales o recursos para llevarlas a cabo, ni queremos colaborar con el exceso de información, propuestas e imperativos que ofrecen las redes hoy. Más bien nos invitamos a reflexionar juntas, como la comunidad virtual que somos por los intereses comunes que nos convocan a lo largo y ancho de todo el mundo. Sentimos que todo se ha dado de manera tan precipitada que lo que podamos analizar está muy situado en el aquí/ahora de cada país, de cada comunidad, de cada unx, y es muy difícil abordar todas las aristas que se van haciendo visibles. Por eso, habilitamos los comentarios abajo de este post para que podamos comenzar a compartir experiencias y visiones desde el aquí/ahora de cada unx. 

Para algunxs, esta nueva dinámica puede significar la posibilidad de frenar las actividades diarias, reducir el estrés y descansar, lo cual ya es de por sí una oportunidad de mejorar la salud en general. Pero no todxs están en condiciones de hacerlo y las imposiciones externas, la interrupción sorpresiva de los procesos de los que est(áb)amos participando y la desviación de movimientos que nos resultan vitales se vuelven un desafío para nuestra salud, generan mucho estrés, preocupación e incertidumbre en torno al futuro, al mismo tiempo que abren la posibilidad de experimentar nuevos ritmos y modos de organización personal y colectiva también sorpresivos pero con una potencia que nos sentimos motivadxs a descubrir. 

Las situaciones límite, extremas, nos desequilibran. Se instala una sensación de excepcionalidad en la que nuestras rutinas, nuestros lugares de confort, nuestra seguridad, se desdibujan. Se filtran por las grietas de lo nuevo las sensaciones de miedo y ansiedad. Como los cuerpos tienden a la homeostasis, las personas activamos enseguida el reflejo de comenzar la búsqueda del equilibrio perdido. Y ese equilibrio equivale a decir salud: el bienestar bio-psico-social. Buscamos recuperar lo más cercano a una armonía en la que se entretejan esas tres hebras. 

Pero no necesariamente volver al equilibrio es volver al estado anterior. Este desequilibrio repentino y extremo es, quizás, la oportunidad de revisar hacia dónde movernos, cuál será nuestro nuevo estado de confianza y armonía, qué de lo que había antes no necesitamos más, qué estaba ahí por costumbre o por apego, qué debe mantenerse o queremos conservar, qué cambio que desearíamos en realidad –aun en esta nueva realidad– está fuera de nuestras posibilidades, qué deseos o sueños no tenían lugar porque desafiaban una calma que ya no está presente y a la que, entonces, no tiene sentido apegarse… Cuando hay que armarse de nuevo, las posibilidades están todas ahí, para bienvenirlas, borrarlas, incorporarlas, rechazarlas, olvidarlas, combinarlas. 

La conmoción actual tiene dimensiones planetarias y es inédita. Nos afecta a todxs, por la atención que se instala sobre un tema y desplaza todo el resto de la vida a un segundo plano, por las nuevas rutinas y la incertidumbre sobre el futuro, porque se ponen en juego nuestros medios de subsistencia, e incluso nos interpela por la fuerza si cuestionamos las decisiones estatales. Claro que dudamos: después de tantas décadas de opresión/manipulación/experimentación sobre nuestra salud individual y comunitaria, desconfiamos de que la salud pueda ser, de pronto y tan desinteresadamente, una preocupación capaz de frenar al mundo. ¿Acaso no vivimos fumigadxs, bombardeadxs de machismo, desigualdad, guerras que se resuelven en los escritorios de algunos pero sobre los cuerpos de otrxs? ¿Acaso no vivimos tratando de respirar hundidxs en pedagogías de la crueldad? Dudamos del poder de los gobiernos, del poder de la ciencia hegemónico-patriarcal, de los intereses políticos y económicos que mueven hilos que sabemos que están ahí pero que no podemos ver. Desconfiamos porque de pronto vemos uniformes en las calles y se nos eriza la memoria, porque este no es el primer shock que vivimos. Sentimos la necesidad de cruzar el retén policial de la mano de una Abuela, mientras miramos para arriba y le preguntamos: “¿El miedo nos debilita o nos hace más fuertes?”. Recordamos las crisis que efectivamente nos hicieron más fuertes, pero no olvidamos lo que se nos fue en esos fuegos. Dudamos, pero mientras tanto, también tenemos conciencia de que –detrás de esa maraña turbia de intereses e inescrupulosidades que necesitaremos mucha distancia epistemológica para poder analizar con claridad– está en riesgo el bienestar de una parte de la población (sobre todo, de esas Abuelas) y que podemos ocuparnos entre todxs. Ocuparnos no implica negar la amenaza, ni minimizarla ni exagerarla con respecto a otras. Porque la escala planetaria de esta intimidación biológica y sus tintes cinematográficos no implica que no sigamos expuestxs, localmente, a muchos otros frentes en los que hay que seguir presentando solidaridad y batalla. Esta una más de las amenazas que nos rondan a diario, y como con todo lo demás que pone en riesgo nuestro bienestar integral (pero en particular ante esta situación, que responde bien a las acciones comunitarias al alcance de nuestra mano), ocuparnos significa proponernos hacer lo que podamos para que la amenaza llegue a menos personas, que las que se vean afectadas reciban la mejor atención disponible, y que las que deban partir lo hagan en el contexto más lleno de ternura y calidez posible. Sabemos hacer eso, como cuidadorxs y feministas. Y además, acostumbradxs a la multitarea, sabemos también que debemos atender otra parte de este desafío planetario: que por cuidar la salud física no nos debilitemos psíquica y socialmente

Paradójicamente, una gran oportunidad que trae esta situación de excepcionalidad es la de levantar la cabeza de nuestra individualidad. Lo que hago afecta al otrx, lo que la otrx hace me afecta a mí. En el terreno de la supervivencia, no son mis decisiones ni las del poder las únicas que afectan mi modo de vida. También la acción del vecinx, su concepción del cuidado, su modo de sentirse parte de algo más grande. Es simple, pero quizás lo habíamos olvidado en la vorágine productivista del sobrevivir más terrenal y menos existencial. 

Viene al centro de nuestras reflexiones el cuidado, los cuidados. Nuestras rutinas como sostenedoras de la vida cotidiana han cambiado radicalmente y sin que tuviéramos tiempo y espacio para prepararnos, para ir adaptándonos. Para todxs, el encierro sugerido u obligatorio (según el país y la zona) pone en juego –como mínimo– nuestra flexibilidad, nuestra resistencia a la frustración y nuestra paciencia. Para quienes delegaban el cuidado de sus hijxs y su casa en otras personas, ahora pasar 24 horas encargadas de cocinar, limpiar, educar, entretener y trabajar profesionalmente (a veces más que antes) se puede volver ensordecedor. Para quienes se dedicaban a cuidar a lxs hijxs y las casas de otrxs, disponer de tiempo para estar en su casa cuidando a lxs suyxs y con incertidumbre con respecto al futuro laboral puede ser una prisión. Para quienes viven solxs, el aislamiento puede ser un compañero al que se vuelva difícil ponerle límites. Para quienes viven en familias numerosas y/o espacios reducidos, la convivencia forzosa extremará los conflictos y las cercanías, y no siempre estamos preparadxs o dispuestxs a enfrentarnos a eso. Para lxs trabajadorxs de la salud, esta es una época de entrega total. Para quienes “estar en casa” no es un placer sino una amenaza más grande que estar afuera, el peligro es doble. Para quienes sufren de inestabilidades emocionales y psíquicas que no resisten estos sacudones, la vulnerabilidad crece. Para lxs adultxs mayores, su cuerpo es una trinchera. Para quienes no tienen el margen de dejar de trabajar varias semanas o trabajan en sectores que se ven absolutamente detenidos, lxs precarizadxs e informales, esta situación se vuelve demasiado tensa. Y la tensión en sociedades sorprendidas, asustadas y encerradas es pólvora. ¿Cómo hacemos para que esa potencia explote en un sentido luminoso y no destructivo?

No tenemos una respuesta. Y parece que todo estuviera detenido hasta “retomar la normalidad”. Pero no. Nada está detenido porque no nos quedamos quietxs. Y nos estamos preguntando: ¿cuál es nuestra normalidad? ¿Cuán activxs somos en la producción de esa normalidad? ¿Cuánto y cómo peleamos (si queremos/podemos) para desarmar la parte impuesta de nuestra normalidad? ¿Tenemos que llegar a sentirnos “población de riesgo” para reparar en esto? A veces, para preguntarnos algo tan simple, necesitamos de una situación compleja, por ejemplo aquellas que nos traen la conciencia de nuestra propia mortalidad. El año pasado publicamos en Ginecosofía Los diarios del cáncer, el libro que Audre Lorde publicó en 1981. Allí, Audre reflexiona desde todos sus márgenes (era mujer, lesbiana, madre, negra y luego también “enferma”, “paciente”) acerca de la oportunidad que le significó reconocer su vulnerabilidad, gracias al tremendo desequilibrio de una enfermedad potencialmente mortal:

Aquí estoy hablando de la necesidad de toda mujer de llevar una vida cuidadosa. La necesidad de ese cuidado crece y se profundiza cuando una enfrenta directamente su propia mortalidad y su propia muerte. Evaluarnos con una mirada rigurosa, a nosotras mismas y nuestras vidas, si bien puede ser doloroso, puede ser un viaje reconfortante y fortalecedor hacia un yo más profundo. Porque a medida que nos abrimos más y más a vivir en condiciones más genuinas, las mujeres estamos cada vez menos dispuestas a tolerar esas condiciones sin alterarnos, o a aceptar pasivamente controles externos y destructivos sobre nuestras vidas e identidades.

Continúa Audre, y es tan actual que estremece: 

(…) La máquina tratará de pulverizarnos de todas maneras, hablemos o no. Podemos sentarnos en nuestros rincones, mudas para siempre, mientras nuestras hermanas y nosotras mismas somos descartadas, mientras nuestros hijos e hijas son deformados y destruidos, mientras nuestra tierra es envenenada. Podemos quedarnos en nuestros seguros rincones mudas como botellas y, aun así, nuestro miedo no se achicará.… empecé a reconocer una fuente de poder dentro de mí misma, que viene de saber que, si bien lo más deseable sería no tener miedo, poner ese miedo en perspectiva me dio una gran fuerza. (…) Durante esas semanas de miedo agudo llegó la certeza (dentro de la guerra que estamos peleando todas contra las fuerzas de la muerte, sutiles y no, conscientes o no) de que no soy sólo una víctima: también soy una guerrera.

En esta búsqueda genuina de nuestra voz y nuestro deseo, ya no hay lugar para el silencio: 

¿Qué palabras no tienes todavía? ¿Qué necesitas decir? ¿Qué tiranías te tragas día a día e intentas hacer tuyas, hasta que te enfermen y te maten, todavía en silencio? Quizás para algunas de ustedes que están aquí hoy, soy la cara de alguno de sus miedos. Porque soy mujer, porque soy negra, porque soy lesbiana, porque soy yo misma, una poeta negra y guerrera haciendo mi trabajo, que es preguntarles: ¿están ustedes haciendo el suyo?

Que esta oportunidad de bajar la velocidad de la vida cotidiana no alimente el agua pantanosa donde crecen el silencio y la pasividad sobre los que construimos nuestra ficción de normalidad. Que sí se convierta en espacio de reflexión y revisión, de confiar en quienes sí, de desconfiar de lo que no. Y que nos invite a mirar a nuestro lado, a la Naturaleza, a nuestros vínculos cercanos, a valorar ese abrazo que hoy extrañamos, a no posponer lo que sabemos que nos hace bien. Y ojalá, si se le puede pedir a este cachetazo planetario que nos regale algo más que una pausa y una conciencia radical de nuestra propia fragilidad, nos traiga también la posibilidad de acercarnos a una empatía real, cargada de miedos y de ternura, por los otros encierros, los otros olvidos: la enfermedad crónica, la diversidad funcional, lxs adultxs mayores, la cárcel… la maternidad no deseada, las religiones opresoras, la violencia al comienzo y al fin de la vida, la heterosexualidad obligatoria y tantas otras –tan nuestras– pandemias silenciosas. 

Texto: Meli Wortman, editora del Proyecto Ginecosofía

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