A más de 3000 metros de altura, entre los relieves montañosos de Catamarca, Argentina, se eleva el pueblo de Antofagasta de la Sierra. Cada 1 y 2 de noviembre, las casas y cementerios de la Puna Andina se llenan de sabores y colores para recibir a las almas que vienen de visita. 

Texto y fotos por Débora Cerutti y Sofía Bensadon

I

Anochece, es domingo y hay mucho viento, del que sopla con fuerza y arena. Una de nosotras desliza un cuchillo por las costillas de un animal, siguiendo las indicaciones de Leonor, para separar un pedazo de carne. El cuerpo está abierto, la sangre brota de la yugular. Hortensia ata un pedazo de pierna a la pared mientras otra de sus hermanas sostiene al animal y doña Luisa, su madre, con sus setenta y pico de carnavales encima y su pañuelo azul con flores rojas, va y viene con baldes llenos del líquido rojo.

—Ya se va la luz, Lulú —le dice Leonor a su madre. 

Los rayos se vuelven más escasos y las siluetas se desdibujan. El azul de la distancia, en Antofagasta de la Sierra, se despliega en tonalidades violetas, naranjas y rojas que otorgan más definición a los volcanes y una profunda nitidez a las cimas de las montañas.

Para que las almas no anden errantes, para que las señales sean claras, para que lleguen a la casa, entre las Peñas Coloradas, el pueblo de Antofagasta de la Sierra y las acequias de agua, una familia se prepara para recibir.

—Están llegando. ¿Sentís el viento? —me dice Elizabeth Mamaní, compañera de Alfredo Morales, uno de los hijos de doña Luisa. 

Para las personas que amparan estas tierras de la Puna Andina, el viento tiene distintos matices e intensidades. Elizabeth afirma que el viento de la llegada de las almas es suave, trae un olorcito cálido y rico. Intentamos respirarlo y percibirlo con los sentidos alerta. 

II

No es fácil el crecimiento de las flores en la Puna Andina. No lo parece, al menos, a simple vista. Los colores son áridos, y nuestras mentes se atreven a llamarle “desierto”, mientras nuestras bocas se niegan a pronunciar esa palabra. El sentir resignifica lo que vemos y la escucha traza nuevas ideas en nuestros cuerpos. 

Nadie que vive en la Puna Andina le dice “desierto” a este lugar. La sequía hace pensar en la esterilidad, pero paradójicamente, es allí, en medio de la aridez puneña, donde cobra lugar el inmenso escenario donde habitan los microorganismos más antiguos de la historia de la Tierra: los estromatolitos, capaces de generar parte del oxígeno que existe en la atmósfera que respiramos. Allí, en el cráter del colosal volcán Galán, viven estas estructuras, con gran capacidad de adaptación, en condiciones que podrían ser las de la Tierra hace más de tres mil millones de años. 

Quizás le decimos “desierto” por esa misma dificultad para distinguir los vientos, quizás porque venimos de una zona húmeda y pampeana donde sí podemos distinguir los verdes. Por eso miramos con tanta singularidad todo lo que nos atraviesa en territorio catamarqueño. Allí donde el sol pleno sólo oculta su tránsito dos veces al año, cuando llueve. Allí donde a veces se arman tempestades que indican que alguien va a morir, cosa que supimos cuando unas nubes y relámpagos aparecieron y alguien dijo: “Va a haber cuerpo”. Allí, en el altiplano catamarqueño, donde hay mujeres que saben mucho sobre nacimientos y muertes, sobre partos y soledades, sobre umbrales y portales, y muchas saben hacer crecer flores. 

III

Cada 1 de noviembre se prepara la casa, se limpian las tumbas, se quitan las cruces, se pintan las puertas y los candelabros, se les da brillo a los espejos, se riega la tierra, se siembran gladiolos y suculentas en forma de cruz, se cambia el agua de los floreros, se tiran las coronas viejas, se arreglan las tumbas vecinas de aquellas personas difuntas cuyos familiares están lejos o ya no están. 

Lo que sigue es magia y ternura. Ofrendas que son mesas llenas de alimento, flores que son labor colectiva. 

—No se dice “día de muertos” —aclara Elizabeth—. Son difuntas y es el “día de las almas”.

Elizabeth y su compañero son parte de la comunidad Atacameños del Altiplano, que resiste a la avanzada de los proyectos de extracción y explotación de litio que han sido autorizados ilegalmente, vulnerando los derechos de las comunidades originarias. En ningún caso se ha realizado la consulta previa, libre e informada, violando lo dispuesto en la Constitución Nacional y los tratados internacionales, especialmente el Convenio 169º de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En la actualidad, en Argentina hay veinte proyectos vinculados al litio, con inversores provenientes del sector minero, automotriz y tecnológico. La mayoría de ellos se encuentran asentados en la provincia de Catamarca, más precisamente en el Salar del Hombre Muerto, a más de 4.000 metros de altura, en la Puna Andina. 

Elizabeth y Alfredo comparten sus cotidianos con Naila y Ludmilla, sus hijas. Y también con Dalia, quien se fue muy pequeña a habitar ese territorio de seres celestiales que algunas llaman “angelitos”. 

—Me duele el dolor —dice Elizabeth, que sabe de ausencias y de faltas. De las risas que ya no están. De los desconsuelos que afloran por los poros. Y de convertir el dolor en belleza.

IV

Llegamos a la casa de doña Luisa, la abuela, a compartir todos juntos el “Día de las almas”. Don Ernesto, quien fue su compañero muchos años, ya no está, pero esa noche va a venir de visita y todas lo quieren agasajar. A él y a muchos parientes más. Luisa no cocina. Nos dicen sus hijas que nunca le gustaron ese tipo de tareas. Más bien estar afuera con los animales y siendo la guía del agua, regando sus habas, sus papas, sus cebollines. Va y viene enérgica, se ríe mostrando los dientes mientras sus ojos se pierden entre las arrugas de su cara. 

Escribimos uno por uno el nombre de las difuntas de la familia Morales y Mamaní en esa casa donde nos invitan a poner los nombres de nuestras muertas. Escribimos, con nuestra mejor letra cursiva, esos nombres, que no se repiten y son poco comunes a nuestros oídos. 

—Según nuestro padre, nos reencontramos con los difuntos —dice Leonor—. Él siempre esperaba el 1 de noviembre para esperar a su madre, a su abuela.  

Su madre y su abuela eran Silveria y Valentina, las antiguas. Hay una foto de ellas tomada en 1923 por un antropólogo que luego llevó el registro al Museo de La Plata. Es una foto bella: dos mujeres con polleras largas posan frente a la cámara con la mirada segura, sus manos juntitas, su pelo oscuro y su casa atrás. De piedras encimadas. Más atrás, Peñas Coloradas. Esa foto, que hoy Alfredo lleva como foto de perfil/avatar de Whatsapp, es la fiel testiga de la posesión lejana y certera de esos territorios que hoy son disputados por las mineras para el paso de camiones que llevan y traen el litio.

Los vemos levantar polvo: allí, en las tierras de esta familia, el paso de vehículos de gran porte que van y vienen del Salar del Hombre Muerto es ininterrumpido. Van y vienen con materiales para la construcción del proyecto “Sal de Vida”, de la empresa Galaxy. Dos años antes, el gobierno de turno intentó quitar un alambrado de las tierras de la familia Morales para que pasen los camiones. Golpearon a Leonor, empujaron a Luisa y tres hermanas (Hortensia, Evelia y Santiago) fueron apresadas y trasladadas a Belén. 

V

Leonor recuerda que desde chiquita preparaba la mesa y hacía flores para el día de las almas. Antes las hacía su papá, y así fue aprendiendo. 

—Las flores se hacen de papel crepé, más que todo. Colores alegres y la comida que a ellos más les gustaba. Panes, dulces, asado, durazno, frutas, bebidas, golosinas —dice Evelia. 

La charla ocurre mientras las manos no dejan de moverse. Son muchas las flores que hay que hacer para renovar las coronas de las tumbas que están en el cementerio. En la parte vieja, donde están Silveria y Valentina, los nichos son en su mayoría de adobe, mientras que en la nueva se ve cemento y ladrillo. 

—Siempre me gustó hacer las flores. Aprendí de mi hermano, de mi papá. En otros lugares lo hacen con papel negro. Nosotros hacemos con color rojo, rosado, más alegres —dice Hortensia. 

Es mucho el trabajo. Se dedican muchas horas de la noche del 1 y parte de la mañana y siesta del 2 de noviembre para tener todo listo. Risas y charlas acompañan la velada. Cortar y pegar pétalos mientras el papel cruje entre nuestras manos y la plasticola se unta en nuestros dedos. Forrar alambres de color verde, dando forma a las hojas con una tijera zig zag. Crear rosas, gladiolos, dalias, girasoles, claveles y flores inexistentes en el mundo terrenal. Gestar las flores para las almas.

—Se dice que no debemos estar solos —dice Santiago. 

Corre una brisa y la certeza de que el fuego tiene que estar presente. No debemos dormir. Estamos esperando, juntas. 

En la mesa hay mucha comida, que a lo largo de la noche del 1 y el mediodía del 2 se va amontonando, superponiendo. Chocolates, caramelos, galletitas dulces.

Hay carne: la llama carneada es preparada en sus más diversas formas. Mientras su lana pasa a ser parte de los ovillos que se transformarán en medias y gorras tejidas con cinco agujas por las artesanas antofagasteñas, los cortes realizados por las mujeres van a la mesa que se preparó para las almas, que llegan con hambre a alimentarse de sus platos favoritos. 

Hay milanesas, estofados, guisos, carne al horno y asada, sopas. Todos los menúes preparados se ofrendan. Hay fotografías, velas y panes de muerto: piezas en forma de escaleras, de soles, de llamas y vicuñas, de corazones y de estrellas. Hay, también, un pan muy especial que representa la cara de quien murió.

Un plato de sopa caliente viene a acompañarnos.

—Ustedes no son turistas, son visitas —nos dice Evelia. 

Y nos lo hacen sentir de la manera más hermosa. Como las almas, estamos invitadas a esa generosa ofrenda.

VI

Atardece, es martes 2 de noviembre. En el cementerio, vemos dos seres azules. Son las monjitas del pueblo, que a falta de curas, dan la eucaristía y ofician de rezadoras. Van tumba por tumba acompañando a las personas que oran a sus almas. Las recorremos. Colocamos las nuevas coronas llenas de flores vívidas.

Trepamos la ladera que bordea el cementerio. La transformación eriza la piel. El viento se levanta. Y los colores brillan con los últimos rayos del atardecer. Lloramos. 

Aparecen las fotografías que no tomamos. 

Evelia, con su gran sonrisa, regalándonos una pluma de suri, esa ave de enorme tamaño que despliega sus alas en la Cordillera.

Leonor estirando la masa de las empanadas de llama. 

Doña Luisa, arrodillada, enterrando la comida que estaba en la mesa para las almas y luego contándonos sobre sus siete partos. Mostrándonos con mímicas cómo había parido en soledad y cómo se las había ingeniado para cortar el cordón umbilical.

Mi abuela Ilda, debajo de un duraznero, posando en una fotografía que colocamos en la mesa de la familia Morales y Mamaní. 

Santiago mostrándonos las fotos de sus papas cultivadas. 

Hortensia contándonos que soñaba con tener una casa de dos pisos.

Elizabeth colocando la corona de flores frescas y nuevas en la tumba de Dalia. 

Nosotras, consternadas con la fugacidad de un viaje en el que atravesamos un umbral. En el que nos supimos familia. 

Nosotras, sintiendo la partida de las almas que vinieron y se fueron en un remolino que salió desde el cementerio del pueblo y que atravesó nuestras miradas hasta disolverse. 

Nosotras en noviembre, el mes sensible, donde la muerte no asusta, donde las ancestras vienen convertidas en flores del altiplano.

Debo Cerutti

Nadó en ríos, mares y lagos cada vez que pudo. Creció entre flores de todos colores y campos de soja fumigados. Bordó algunas telas y cocinó recetas del desierto. Intentó hablar desde el corazón. Todavía lo intenta. Su carta astral le indicó que era triple Escorpio. Usa eso como una herramienta para la vida y la muerte. Quería ser algo que le permitiera viajar: astronauta, azafata o camionera. Y se convirtió en comunicadora y periodista. Sintió la injusticia por primera vez hace mucho tiempo. Hoy camina, lleva y trae voces de las resistencias e intenta desentramar las violencias de manera colectiva, mientras habita los días y las noches en el valle de Traslasierra, Córdoba.

Se formó como educadora popular, se enredó en la defensa de territorio junto a organizaciones y asambleas, fue docente muchos años, coordinó varios espacios de formación política. Se doctoró en Estudios Sociales de América Latina y hoy investiga los efectos de la extracción de litio con una beca posdoctoral de CONICET.

Fotografía lo que ve y escribe en varios medios, tanto gráficos como radiales, tanto académicos como barriales, de distintos lugares de Latinoamérica, convencida de que, como dice Daniel Moyano, “las palabras sacan a las cosas del olvido y las ponen en el tiempo; sin ellas, desaparecerían”.

Sofia Bensadon

Realizadora audiovisual, fotógrafa y estudiante de Antropología Social y Cultural del IDAES-UNSAM. Es parte del colectivo de estudiantes y jóvenes investigadoras La Cocina de la Investigación y de la organización chilena Oficios Varios. Su primer proyecto “50 kg” trabaja sobre la noción de trabajo y el concepto de fuerza con trabajadoras de la construcción en la ciudad de La Paz, Bolivia. En su práctica explora las labores manuales y la noción de habitar.