Su marido quiere rescatarla de esa tristeza devoradora, pero no sabe cómo. La muerte no lxs atraviesa de la misma forma, ni lxs ha dejado en un mismo lugar. Pareciera haber instaurado entre ellxs un abismo. Ha dejado en él otros efectos. Probablemente se deba al género y los roles. No estuvo habitado por ese hijo; apenas comenzaba a vincularse con él sin mediaciones. Su muerte lo enfrentó consigo mismo. Colisionó sus certezas, dejó su humanidad trizada. Lo despabiló de una manera que no hubiera imaginado; no se sentía así de adormecido. Ese hijo fugaz lo potenció. Lo reposicionó respecto a lo importante y lo reconectó con el transcurrir del tiempo. En las fisuras que dejó su ausencia, él se convirtió en un padre distinto al que era. La muerte de su bebé lo revitalizó, aunque le duela reconocerlo. Quisiera compartir todo esto con ella. Pero aún no es momento. Antes, es preciso reencontrarse. 

De pronto, ocurre. Ella sale de sus silencios y le pregunta “si podrá”. Él le responde que sí. Sabe que ella será capaz de lidiar con todo lo que ha puesto en juego la muerte. No duda de eso, pero sí de que su respuesta alcance para convencerla. Intuye que ella necesitará también la seguridad de alguien que haya estado en ese mismo lado del abismo y busca la ayuda de otras madres. Las encuentra más próximas de lo que podría imaginarse. Estas muertes son más frecuentes de lo que admite la idea de que el final de la vida coincide con la vejez.

Dos desconocidas salen al encuentro. Sin reparos se brindan a esa madre que está tan convulsionada como ellas lo estuvieron hace un tiempo. Apenas comparten sus vivencias, dejan de ser extrañas. Ella las escucha aliviada. El hastío cambia con esas presencias que vienen a buscarla. No hablan de cómo se siente. No hace falta. Las cubre a todas un entendimiento que no necesita palabras. 

Esas madres le comparten lo que aprendieron y los desafíos aún pendientes. Le hablan de la perspectiva que les ha dado el tiempo y de las batallas que libran contra el olvido. Le cuentan también de sus parejas, de sus encuentros y desencuentros familiares en las formas de entender y procesar la muerte. Le transmiten las tensiones de sus maternidades, de las que ejercen día a día y de aquella otra que se resisten a perder y se esfuerzan por desplegar de algún modo. Le hablan de otrxs hijxs y de las ausencias, que cambian dimensión y forma con el transcurrir de la vida.

Lo que le dice cada una de ellas queda resonando tanto en su interior que se le impregna. En esos relatos se reconoce. Aunque no siempre, ni todo el tiempo. A veces, refieren sentires o pensamientos que le resultan extraños, mostrándole que los caminos del duelo se cruzan y superponen sin ser idénticos. Esos relatos contienen vida y muerte. También dolores y alegrías. Hablan de esas cosas como si fueran parte de una composición prodigiosamente enmarañada que desconoce opuestos, polaridades y dicotomías. Esos relatos están cargados de intensidad y sutileza. Desbordan amor y resiliencia. Expresan las voces de esas madres pero transmiten la fuerza de todo un colectivo que alguna vez estuvo del otro lado del abismo.

Ella se siente rescatada y empoderada. Las experiencias de esas madres le han ofrecido más de lo que en este momento puede terminar de entender y todo lo que estaba necesitando. Le han mostrado el “después” de la muerte. Son como antorchas que encienden de a poco su temporalidad aletargada. Envuelta en esos relatos, ella se activa. El tiempo vuelve a fluir y un futuro comienza a recorrerla. 

La muerte florece. No sólo en ella. Al ayudarla, esas otras madres también descubren una primavera. 

Además de licenciada en Sociología, doctora en Filosofía y docente universitaria, Ailin Reising es una mamá a la que las vueltas de la vida acercaron a la reflexión sobre la muerte y las emociones. A cuatro años de la llegada y la pronta partida de uno de sus hijos, toma coraje y pone en palabras su dolor y sus procesos. Porque la palabra es el mínimo código común en que podemos compartir situaciones siempre tan únicas, pero también tan eco de dolores de otrxs. Al leer su duelo como una oportunidad de dialogar con esos otros dolores, deja de ser “su propio duelo” y toma una dimensión compartida que lo saca de ese lugar al que culturalmente este tipo de pérdidas está condenado: la esfera de lo íntimo, lo personal (a lo sumo, familiar), pero en silencio respecto del resto del mundo. Contundente y tierna, como es ella, nos regala sus “Escenas de duelo perinatal”.