Las noches son demasiado cortas. El sueño, demasiado esquivo. Los días se encadenan entre sí confundiendo principios y finales. Igual de indefinidas son las emociones; se suceden sin interrupciones. La madre está agotada. Ya no la abruma la tristeza, sino el cansancio. Nunca se ha sentido así de exigida.

Mira estupefacta calendarios y relojes y cómo el tiempo que transcurre en estos también la esquiva. Sigue atravesada por el parto, la tibieza de su bebé, sus hijxs mayores acunando al hermano, las intervenciones médicas, la preocupación, la muerte y su marido tomándole la mano. Vive esos momentos como si fuesen sustratos de un mismo instante. Lucha inútilmente por inscribirlos en un continuo, pero la muerte de su hijo todavía no admite perspectiva, ni distanciamiento. El tiempo que la envuelve contiene un “antes” pero ningún  “después”.  

La exaspera saber que han pasado días y semanas mientras ella sigue detenida. Se ve a sí misma presa de una temporalidad que la inhabilita y la fuerza a una pasividad desesperante y desesperanzadora. Nunca se ha sentido así de reducida en sus posibilidades.

Las personas parecen sospechar la extenuación de ese presente sin ritmo. Le ofrecen palabras de aliento. La abrazan con una firmeza superlativa. La acarician con manos desbordantes de energía que intentan traspasar su piel y llenarla de coraje. Se muestran dispuestas e incondicionales para fortalecerla. Estos gestos provienen de todos lados, no sólo de su mundo más próximo. La muerte de su bebé ha impactado también en humanidades un tanto más distantes, que se sienten interpeladas por una maternidad interrumpida. Un bebé muerto corroe certezas y libera incertidumbres.

En cada uno de esos gestos, la madre encuentra el despliegue de una contención regenerativa. La fuerza ajena la reconforta. Suple la falta de sueño y mitiga el desgaste. Los brazos que la sujetan fuerte la rescatan de la intensidad sofocante del tiempo detenido. En las manos que toman las suyas ella encuentra algo de la seguridad perdida. Redescubre en esas palmas la sensación de aferrarse y de saberse acompañada. Las palabras de aliento le abren de a ratos la posibilidad de un futuro, haciéndola sentir capaz de lidiar con la ausencia.

La madre se nutre de esa energía vital esquivando las miradas compasivas. Estas miradas la intimidan. Nunca antes la han mirado de esa forma, aunque ella sí lo haya hecho. Son exageradamente benevolentes y tienen algo de indulgencia. Esas miradas están cargadas de empatía, pero también de espanto. Expresan aquello que no dicen las palabras, transgrediendo cortesías y disimulos. Se esfuerzan por consolar y aliviar la angustia, al tiempo que revelan la repulsión incontenible frente a lo que es negado como posibilidad. En esas miradas, la madre espeja lo que no debería ser. Sin pretenderlo, la hacen sentir condenada a un lugar inmóvil que la define y perpetúa los sentires desmedidos que la abruman.

No sabe aún cómo activar el tiempo aletargado, ni de qué forma será posible su reconstrucción. Tampoco si algo de eso será más que una expectativa. Sólo intuye que si ha de intentarlo, deberá valerse de esas otras miradas. Y vuelve a buscarlas.  

Además de licenciada en Sociología, doctora en Filosofía y docente universitaria, Ailin Reising es una mamá a la que las vueltas de la vida acercaron a la reflexión sobre la muerte y las emociones.
A cuatro años de la llegada y la pronta partida de uno de sus hijos, toma coraje y pone en palabras su dolor y sus procesos. Porque la palabra es el mínimo código común en que podemos compartir situaciones siempre tan únicas, pero también tan eco de dolores de otrxs. Al leer su duelo como una oportunidad de dialogar con esos otros dolores, deja de ser “su propio duelo” y toma una dimensión compartida que lo saca de ese lugar al que culturalmente este tipo de pérdidas está condenado: la esfera de lo íntimo, lo personal (a lo sumo, familiar), pero en silencio respecto del resto del mundo.
Contundente y tierna, como es ella, nos regala sus “Escenas de duelo perinatal”.