Entrevista con Mariana Cabrol, actriz y humorista. Tiene cáncer de mama y sobre eso habla y hace reír en @soyliminal

Por Flor Monfort

Fotos: Debo Cerutti

 

Para una mujer con cáncer, ¿qué mejor que otra que también lo tuvo? Pienso en esto mientras calculo cuál será la casa de Mariana Cabrol, de 42 años, actriz y humorista, la persona a la que voy a entrevistar a Villa Las Rosas, en el valle cordobés de Traslasierra. La conocí primero por su arroba, como se conoce a la gente en esta era: desde su cuenta @soyliminal en Instagram me hizo desternillar la mandíbula hasta el piso, desenrollar la lengua de la risa, taparme la boca sorprendida por el pase de comedia, obnubilada por esa pelada hermosa que estaba haciendo humor con lo que más duele. Mariana Cabrol creó una categoría nueva: el humor oncológico, o todo eso de lo que sólo nos podemos reír nosotras, las que lo padecimos, pero también todos  y todas los que acompañan y miran abriendo un poco más la cabeza, sin temor a que nombrarlo sea una sentencia, entendiendo que la mirada amorosa puede mucho más que cualquier consejo trágico o experiencia traumática de la tía abuela. 

Yo no la conocía, pero mi amiga Meli (editora de Ginecosofía y de Fundación IPA) me dijo: “Tenés que ver sus videos”. Siempre agradezco de Meli que me habla del cáncer, del que yo tuve y del que tuvieron otras, que me puso en las manos el libro de Audre Lorde, Los diarios del cáncer (Ginecosofía, 2019), y después el de Estefanía Enzenhofer y María Lucila Quarleri, Nunca me dejes de responder (Populibros, 2020), que me pregunta por las inyecciones, los efectos secundarios del Tamoxifeno y del Goserelin que me entran al cuerpo todos los meses, todos los días de acá a ocho años. Entonces, tal vez tenga que cambiar la reformulación del principio: Para una mujer con cáncer, ¿qué mejor que otra que quiera hablar sobre eso?. Hablar sin pensar que se le pega, que la contagia, que la habita, que si no es solemne no sirve, que si no es con mueca de dolor, no acompaña. “Amiga de las enfermedades”, se dicen Enzenhofer y Quarleri en esa oda a la amistad que es su libro, un compilado de mails en el que se dijeron todo y más sobre sus propios procesos y afinaron la puntería de la pregunta “¿Cómo congeniar las enfermedades con estas guerreras feministas que somos?”.  

De eso se trata esta nota. Y de que “hablar” no sea hablar de la muerte. No porque cáncer y muerte no vayan juntos, sino porque muerte es para todos y todas, y sin embargo nadie anda hablando de la muerte un domingo en la mesa familiar. Sin embargo, se van a morir, todes. Y tal vez tengan muerte dolorosas, horribles, abandonadxs a un sistema médico que muchas veces sobreinterviene, protocoliza por demás, homogeiniza para avanzar. “Estudiamos la Salud y deliberamos sobre nuestras carnes y bebidas y aire y ejercicios, y tallamos y pulimos cada piedra que encaja en ese edificio; y así nuestra salud fue larga y una tarea habitual: pero en un instante un cañón lo abate todo”. La cita es de John Donne, pero la trae Anne Boyer en su libro Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista (Sexto Piso, 2021), porque como bien dice la autora: “Todo lo que se me recomienda hacer en respuesta al cáncer parece, al principio, un síntoma de un mundo que también está enfermo”.

¿Qué tiempo verbal se usa para hablar del cáncer? ¿Cuándo es pasado? ¿Cuándo se deja de ser una persona con cáncer? ¿Se es realmente una mujer con cáncer de mama si no estuvo una pelada y al borde de la desnutrición? Las “buenas” enfermas no son las que se revelan. 

Mariana me espera con un té, mucha miel, el día está nublado y su perro me cierra el paso para recibir varios minutos de caricias. El compañero de mi entrevistada, Filo, está atendiendo una clienta en la peluquería que montaron en su casa. Tienen una instalación de secadores vintage en la pared. De lejos, la sierra con su iridiscencia poderosa. 

Estoy emocionada porque no es usual que tenga toda una tarde para mí: dejé a mi hijo al cuidado de mi amiga Maru, y me entusiasma pensar en todas estas horas por delante hablando del relámpago, la traición del cuerpo que significa recibir un diagnóstico como este, el cachetazo para les otres. Y en toda esa danza, reírnos un poco de todo y de todos: de los médicos, de nosotras y nuestros agujeros, de la vía láctea que en mi cuerpo se manchó con tatuajes para irradiarme, de la teta que no está en el cuerpo de Mariana y que incomoda más al mundo que a ella misma. 

¿Qué es una mujer sin una teta? 

—Soy yo, pero también son miles de otras. Todas tapadas, empezamos a salir de nuestros agujeros.

Mariana fue al conservatorio, hizo improvisación y obras de teatro independiente hasta que empezó a hacer stand-up. Después de un curso, armó un espectáculo que estuvo dos años en el Paseo La Plaza. 

—Yo tenía mi monólogo urbano de la ropa, de la depilación, del sexo, y al poco tiempo empecé con las Mujeres quemando. Con amigas y amigas de amigas. Nos juntábamos a comer, a mostrar numeritos, la que sacaba fotos las mostraba, la que pintaba también. Y nos juntábamos a quemar: para lo que no queríamos más y también para lo que queríamos que pasara. Y de ahí, una amiga que se venía a vivir acá, nos decidió a hacer un espectáculo juntas. Ahora ya estamos por festejar los 10 años. Somos familia. Nunca ganamos un peso, la plata nos alcanza para movernos. Es un espectáculo de humor, súper feminista. Hay mucho amor entre nosotras. Más allá de lo artístico, nos amamos. 

¿Cómo y cuándo fue tu diagnóstico?

—En plena fase 1 de la pandemia. Yo me sentía un bulto, pero como ya había tenido un quiste de agua pensé que era lo mismo. La ecografista me dijo “Ahora sólo atiendo emergencias o embarazadas”. Entonces, me dejé estar. Pero yo sentía que todavía estaba. Le dije: “No sé si es una emergencia, pero yo no estoy tranquila”. Fui a Villa Dolores a la clínica, sola porque estaba segura de que no era nada. Había una persona pasando el trapo con lavandina en todo el centro médico. En medio de la ecografía, la médica se puso pálida y me dijo: “¿Y esto? ¿Cuándo te creció?”. Yo me había hecho la última mamografía siete meses antes y estaba perfecta. El tumor era grande. Había crecido mucho en poco tiempo. Ella se puso mal, me dijo algo de que me fuera a Buenos Aires. Le dije: “No, estamos en fase 1. ¿Qué pasa?”. Como en una peli de terror, me dice: “Sentate, tenemos que hablar. Tenés que hacerte una punción. Yo creo que es cáncer”. Hizo muchísimas órdenes, escribió permisos… yo llorando y ella con mameluco y escafandra. “Te abrazaría, pero no puedo”, me dijo. Terror. Salí y estaba toda la ciudad paralizada. Se había detenido el mundo. 

Vine a casa. Mi compañero me estaba esperando con una sonrisa, yo llorando. Y ahí “muerte”. Un día de muerte, de pensar qué hago, qué hacemos con la casa, con los perros, con las gallinas, todo el mundo se me derrumbó. Hablé con mis amigas. 

No te habías hecho la punción todavía…

—No, pero yo ya sabía. Al día siguiente, hablé con un amigo que está con la nueva medicina germánica. Hammer. Fui por ahí. Y con la medicina alopática, todo junto. 

¿Teta derecha o izquierda?

—Izquierda. Los hijos. 

Ah, igual que yo (las dos nos reímos).

—A mí me cerró mucho porque yo venía buscando un embarazo. Habíamos hecho dos tratamientos de fertilidad, estábamos en una sin darnos cuenta… Nosotros somos muy de quemar. Entonces, hicimos una quema con toda la carpeta de estudios, espermogramas, sangre, remedios… Estuvimos cinco años en esa. Mucho tiempo y mucha invasión en el cuerpo, sin saber bien si era un deseo propio, un deseo ajeno, una imposición, algo que tenía que suceder… Tienen la pareja, tienen la casa, tienen el perro… Bueno, falta le hije. Los mandatos universales de la maternidad son muy grandes. Así que fue muy liberador hacer esa quema y decir “Ya está”. Ahí empezaron a llegar lo que yo llamo “los dones del cáncer”, lo bueno que trae también. 

Me tomé mi tiempo, decidí fortalecerme y no fui corriendo a la medicina alopática, porque además no soy de la medicina alopática. Primero estuve muy angustiada. Entonces, tomaba flores de Bach. Después, con la nueva medicina germánica, el tumor seguía creciendo. Empecé terapia gestáltica y decidí consultar a mi médico antroposófico. Él me dijo: “Esto hay que sacarlo. Ya”. En noviembre de 2020 me hice la punción y ahí entendí que así como se creó se iba a ir. Me metí en el mundo oncológico pero siempre de la mano de la Antroposofía, de las flores, de vivir acá, de la terapia como un equipo multidisciplinario. Incluso mi oncólogo, que es de Villa Dolores, me dijo que para él era fundamental la dieta, el yoga, aceite de cannabis y astrología. Si yo hubiera salido de la ecografía y me hubiera ido a Buenos Aires corriendo, no podría haber armado la red, el sostén de amor, la contención. Todes mis alumnes, las familias, mis amigas de allá y de acá, la escuela, todo se armó para que yo pudiera decidirme.

Tenía un tumor muy grande. Había que achicarlo. Me pude tomar todo este año porque me están ayudando. Sentí que tenía que estar a disposición del tratamiento, más viviendo en el interior y teniendo que viajar a Córdoba capital por un turno o una consulta cada vez.

Primero, hice quimio. El primer oncólogo me dijo: “Esto es mastectomía”. Me hicieron las quimios que se llaman “rojas”. Hice cuatro de las más fuertes, una cada veintiún días, y después doce de las blancas, que son semanales y más suaves. Los primeros días náuseas, vómitos, mucho cansancio. Con la primera quimio, ya se había achicado un montón. Eran doce y en la séptima empecé a notar que había crecido un poquito. Entonces, la operación se adelantó. El 23 de junio me operaron. Después, me hicieron rayos y me proponen hacer otra quimioterapia oral pero iré viendo. 

A mí me encontraron una bolita en un control. La ecografista me dijo: “Esto no me gusta” y me recomendó que me hiciera una biopsia. Tenía razón. Mi relación con la muerte cambió. 

—Caés en la cuenta de que nos podemos morir en cualquier momento. Y eso te puede tirar para abajo o te puede tirar muy para arriba. Ahí empezás a limpiar. Hay una frase entre mis amigas que es: “La vida dura dos días”. Entonces, la pregunta sería qué no queremos hacer en estos dos días. Sostener qué y para qué. La vida no es infinita. Toda la gente piensa que yo me voy a morir antes por tener cáncer pero tal vez se mueren ellos primero (risas). Me estoy cuidando un montón en muchos sentidos, pero además tengo lo que llamamos “inmunidad oncológica”: puedo no ir a lugares cuando estoy dudosa. No quiero volver a ser la otra, no quiero volver a ser la Mariana que puede con todo.

¿Sentís que eras una persona estresada?

—Sí. Muy autoexigente. Con la maternidad, con las clases, con la casa.

¿Cómo fue tu venida al valle?

—Tengo una amiga muy querida que vivía acá, que se llama Fuji. Un verano la vine a visitar y en una fiesta conocí al que hoy es mi compañero, Filo. Él vivía acá y yo lo primero que pensé fue: “¡Qué bien! ¡Un garche de verano!”. Pero nos recontra enganchamos. Empezamos a viajar cada quince días. Alguno tenía que moverse: o él venía a Buenos Aires o yo venía acá. En enero de 2013 lo conocí y en diciembre nos mudamos juntos acá. Él es muy fundamental en todo el proceso. Yo digo “Nos operaron” o “Vamos a hacer la quimio”. Siento que por la que estoy pasando, estoy en las mejores condiciones y no me parece menor para sanar. Porque esto vino a derribar un montón de construcciones y fue lo único que pudo venir a pararme. Es un límite y yo lo estoy re escuchando. Para mí, es toda una transformación. A diferencia de otras personas, que están enojadas o dicen “fucking cáncer”, yo estoy más agradecida. No mística, pero sí agradecida. No me agarró la ira. Fue algo que me bajó y me hizo ver.

Hacés humor en las redes con el cáncer, con la mastectomía, con la caída del pelo. Hablás de la “inmunidad oncológica” como eso que te permite no ir a un lugar cuando no tenés ganas. ¿Vas a seguir con un stand-up?

—Yo quiero hacer stand-up. Lo único que tengo que hacer es sentarme a escribirlo. Quiero hacer un monólogo pero quiero también comunicar datos: una de cada ocho mujeres va a tener cáncer de mama. Es una estadística altísima. Creo que la alimentación es fundamental, el estrés también, los mandatos, los conflictos no resueltos y algo de azar y herencia. Es un combo y no se pueden subestimar los datos. Todas mis amigas sanamos con esto que me está pasando. Yo estoy poniendo el cuerpo, pero toda la red se movió. De mi grupo de teatro, Mujeres quemando, sólo cinco vivimos acá en Villa Las Rosas. Vinieron las que faltaban y estuvimos días y días de piyamada y quema. Todas se encontraron con la muerte, todas se enfrentaron con seguir el deseo y entender que el tiempo que tenemos por delante no es eterno. A veces, es más fácil ponerse las pilas cuando el tiempo se acorta. 

Estar o no estar enferma

 

“Nadie sabe que tienes cáncer hasta que se lo dices”, escribe Boyer. En el caso de Mariana, hay algo de eso que lo desmiente: se quedó pelada con la quimio y con una teta menos, pero ella habla de antes, de ese momento big bang con la ecografista en la que le estaban diciendo “Estás enferma” cuando ella se veía perfectamente sana. 

Tu tumor era triple negativo, lo cual suele ser el más malo entre los malos…

—Sí, hay llavecitas que pueden combatir ciertos cánceres, pero en el mío no funcionan más que los rayos y la quimio. La alimentación en mí ya venía en un proceso: no comer harinas ni azúcar. En un momento, apenas me diagnosticaron, me obsesioné. Después aflojé. Hay etapas. De repente, si estoy en un cumpleaños y hay un pedazo de torta, lo voy a comer.

Hablar de diversidad corporal es hablar de un cuerpo con una teta sí y otra no. ¿Cómo fue el camino para hablar de eso con humor? 

—Me interesa mucho la opinión de otras mujeres. En las redes hay muchos grupos. Mi mastectomía se adelantó dos meses y un día me encontré en el consultorio de mi mastólogo, que me decía que me iba a poner un expansor. Me derivó al cirujano plástico y yo fui a verlo en automático, pero me senté y le dije “No quiero más nada. No puedo pensar más allá de mi tratamiento”. Me pregunté si necesitaba dos tetas. Y mirá que tenía dos tetas hermosas, pero la respuesta fue “no”. Las disfruté durante 42 años, pero no. No te sientan y te dicen  que la  reconstrucción puede no ser una opción. La mastectomía es un combo: te sacan y te ponen. Lo mío fue frenar eso y decir “Paren. Yo no quiero nada, no me quiero reconstruir ahora”. Me dijeron que no me lo recomendaban, pero yo quise hacer lo que quería. Y estoy feliz de haberlo dicho, de haberlo decidido. Me escribe cualquier cantidad de mujeres con una sola teta. Lo importante es visibilizar: encontré un montón de gente que hace ropa interior de una sola teta, hermosa. Yo no quiero que no se note. Mi cuerpo tiene ahora esta forma. Bueno, la voy a mostrar.  

Lo que ocurre es que el cáncer es un tema tabú. La gente tiene miedo de hablarlo. Por eso. Audre Lorde fue una pionera total cuando dijo: “El silencio no te protegerá”.

—Casi todos los mensajes que recibo son de agradecimiento, porque además de nombrar, desdramatizo. Lo puedo decir porque soy yo la que tiene cáncer, pero entiendo que muchas mujeres que no lo veían como posibilidad ahora se pueden reír. El otro día, me escribió una chica y me dijo: “Yo con una sola teta no puedo”. Y le empecé a mandar perfiles, fotos, ropa interior, otras experiencias y me dijo “Ah, pero entonces somos un montón”. Y sí. La marca Hijas de María sacó a la venta un corpiño UniLola; la europea Mango está por lanzar una línea similar….

¿Por qué pensás que hay tanta obsesión con las tetas y el pelo?

—Son símbolos de feminidad. Yo estaba muy para afuera, en plan “Yo puedo, yo puedo”, y cuando se me cayó el pelo me metí para adentro. Tenía muchos rulos. Tocarte el pelo y quedártelo en la mano es muy fuerte. Me reconecté con el cuerpo, con el tratamiento, fue un momento de bajar. Y pensaba: Hoy me toca esto. Veía las fiestas y las cosas que pasaban y yo las miraba tranquila, las dejaba pasar. Se me cayeron las pestañas y las cejas, y creo que eso es lo peor. Tu expresión desaparece. Te mirás al espejo y no te reconocés. Al principio, usé mucho pañuelo, turbante. Y un día dije “Soy pelada, voy a andar pelada. Y si alguien me mira, lo voy a mirar más fuerte”. A mí no me copa la mirada de “Pobrecita, tenés cáncer”. Yo lo digo abiertamente: “Sí, tengo cáncer”. Uno de mis videos se llama “¿Soy un gollum?” (risas). Y bueno, es un poco así.

Para las personas que vivimos esas situaciones, ver tus videos es un hallazgo increíble. La identidad oncológica es algo a fundar para que podamos reírnos de eso. Yo me siento de por vida atravesada por ese momento en el que me dijeron “Tenés cáncer”, y hay algo de la fragilidad que nunca va a ser igual. Todo eso está tematizado en tus videos con mucha liviandad. 

—Pensar que mi primer monólogo de stand-up era sobre los pelos y ahora no tengo ninguno. ¡Lo que los extraño! Ahora, cuando me crezcan, no me voy a depilar más. Es verdad que están para algo. Me están empezando a crecer los bigotes y no sabés la felicidad que me da. Sólo una oncológica puede alegrarse de tener bigotes (risas).

A mí, tener cáncer me separó de mi pareja. A ustedes los unió, pero creo que las parejas nunca salen ilesas del cáncer. 

—Filo siempre fue un compañero sin igual, pero ahora es todo. Me acompañó a todos lados, a todas las consultas, a todas las quimios, me limpiaba las heridas. Todo el mundo me decía que hablara con Filo sobre la reconstrucción. Él me dijo que no quería que me pusiera nada. Pero fue muy loco que ninguna parte del tratamiento me decían que la hablara con él, excepto la de la teta.

Filo es actor, clown. Entonces, participa en los videos. Yo nunca había tenido Instagram. Y no hice los videos pensando en nada en particular. Eran situaciones tremendas, como “el abrazo del dolor”, y yo empezaba a actuarlo frente a mis amigas y nos reíamos. Después, estábamos en una fiesta y lo filmábamos. Pero no fue tan consciente. Es mi proceso, yo cuento lo que me pasó a mí y cómo lo fui atravesando, sin pensarlo demasiado. Y nunca nadie me dijo nada feo ni fuera de lugar. Lo que me devuelve la gente es enorme: me dicen que las hago reír, y otras mujeres que están pasando lo mismo y me mandan mensajes de agradecimiento y amor mientras van a hacer la quimio. Todo es amor. 

Alba deja de tejer. Pierde las ganas, la fuerza, o simplemente decide morirse. Había empezado antes de que muriera su hijo, como para aferrarse a algo en forma de lazo, implacable y repetido, mantra de frente y revés, para mostrarse testaruda y tigresa al hacerle un abrigo a ese cuerpo de hombre joven, recién crecido de sus brazos, que la enfermedad deshilachaba. Alba teje, quizás, mientras su cría se desvanece punto por punto, como si lo único que le quedara para ayudarla a mantenerlo en este mundo fuera ese contragualicho silencioso.