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Sol en Capricornio. El universo se realiza

enero 03, 2020

 

Texto: Espacio Interior Astrología

Ilustración: Conicuri

Porque el pueblo está cansado de las leyes del Estado.

Canto popular en las marchas de Santiago de Chile

Este sol en Capricornio invita a mirar qué estructuras están comprimiendo mi realidad y cuáles me permitirían expandirla. El tiempo va haciendo que lo que ha funcionado en un momento se cristalice. Cierto modo de vivir nuestro trabajo, cierto modo de ejercer o padecer la autoridad se han vuelto parte de nosotres. ¿Es posible desarmar esos modos? ¿Puedo vivir de otra forma mi relación con la materia, con lo concreto, y con la creación de materia? Este ciclo invita a cambios concretos en cosas concretas. ¿Hasta dónde puedo permitirme que mi realidad se transforme? ¿Cuál es el límite real del afuera? Y cuando encuentro ese límite, ¿con quienes me encuentro?

Con el tiempo, la ley –gran tema capricorniano– comienza a perder relación con la realidad. Lo que hoy es emanación de la voluntad popular se transforma en un tiempo en algo caduco y estanco que no logra expresar más las necesidades generales. En medio, siempre hay estructuras jerarquizadas de autoridad que no se revisan jamás. Pero hay ciertos espacios de vitalidad dentro de la ley. De lo contrario, hablaríamos de dictadura o de monarquía, máximos grado de cristalización de la autoridad. En Chile, específicamente, podríamos leer estos intensos tiempos como un proceso fuerte que busca sacudirse la autoridad cristalizada para rediseñar el cuerpo de leyes que establece la realidad común. Se da un proceso en el que no sólo se reivindica el derecho de vivir en paz, sino que se establece la necesidad de reelaborar lo que quiere decir la palabra “paz”: cuál es el marco normativo, las leyes necesarias para que el grueso de la población esté dispuesta a ceder su autoridad a favor de un Estado que permanecerá injusto, pero que, sin dudas, lo será menos que con el marco legal dictatorial. Rediseñar la Constitución para dejar de sentir que “nadie nos quiso ayudar de verdad”, y que lo único posible es terminar bailando y pateando piedras. La exigencia es clara: recuperar la idea de futuro, dejar de sentir que todo seguirá siendo así sin importar el esfuerzo que se haga, desarmar la sensación de estar frente a una realidad cristalizada, inmune a mis intentos de cambiarla.

El universo adquiere, en Capricornio, realidad humana. Lo celeste se vuelve tangible. El momento Capricornio de un ciclo es aquel en el que todo lo ideal se realiza, desarmando las pretensiones de pureza y perfección, pero permitiendo que las cosas sean. Reaccionamos al signo de Capricornio porque sentimos que limita nuestros sueños y nuestros anhelos; y esto es cierto, efectivamente los sueños y los anhelos necesitar ser limitados para que aparezca lo real. El regente de Capricornio, Saturno, castra a su padre, Urano, para evitar que sus ansias de perfección borren de la faz de la Tierra todo lo creado. Limitar lo absoluto lo vuelve real, limitar lo perfecto crea lo humano. Si nuestros sueños y deseos se realizaran sin filtro, muchas veces nos veríamos padeciéndolos: la frontera entre el sueño y la pesadilla es corta. Abundan los mitos y fábulas en las que un genio concede deseos y las cosas se vuelven complicadas por la torpeza con la que los deseos son formulados. A esto nos invita Capricornio: a refinar, purificar, llegar a lo esencial. Como el carbono expuesto a la presión se transforma en diamante: purificar nuestros deseos para crear una realidad transparente, una realidad que permita ver la esencia de lo que somos, la esencia de lo celeste.

El elemento tierra cuenta con tres representantes en el zodíaco. Tauro equivale a ese momento en el que los humanes podíamos vivir de la recolección de frutos, ese momento edénico en el que aún no era necesario trabajar: simplemente alimentarse, simplemente recibir aquello que nos era dado. En el signo de Virgo encontramos ese momento en el que la humanidad comienza a cultivar la tierra y a domesticar animales para poder sobrevivir y alimentarse. En el momento Capricornio se ha hecho necesario, por el nivel de complejidad al que llega la sociedad, administrar la cosecha para lograr que la comunidad sobreviva hasta la siguiente. Capricornio es esta autoridad: aquella capaz de permitir que el cuerpo social sobreviva a la escasez. La autoridad capricorniana es la que está expresada en muchas tribus a través de las jefaturas por área. El jefe conejo es aquel que tiene mayores habilidades para la caza del conejo y, por tanto, quien puede guiar con mayor firmeza una cacería que aporte el alimento necesario; pero esa persona que sabe poco de cosechar nueces no será el jefe nuez. La autoridad es necesaria, pero no es necesaria la delegación estructural de la autoridad. No es la energía capricorniana la que trae intrínsecamente el autoritarismo, sino una forma reactiva de volverla humana.

¿Qué miedos me vuelven tiránicx? ¿A qué inseguridades reacciono para volverme dictatorial? ¿A qué pasado me aferro? ¿A qué presente no le permito existir cuando me vuelvo autoritarie?

¿Hasta dónde me permito escuchar la realidad del tiempo? ¿Qué quiere decir “ahora”? ¿Hasta cuánto dura este momento? ¿Cómo crea realidad mi idea del tiempo? ¿Qué relación con el tiempo me es necesario elaborar para tener espacio? ¿Cuántos esfuerzos riegan el pasado y cuánta energía pierdo en especular sobre el futuro, intentando conjurar miedos que –más que estar adelante– son el pasado proyectado?

Visualización

El sol en medio del cielo calienta la cabeza de un hombre que sube la montaña. Va, hacia arriba, arrastrando su sed y su hambre. La idea de la cima lo mantiene a flote. Hace que el esfuerzo valga la pena. Sube. Se detiene ante un arroyo, lo mira, observa el obstáculo en el camino intentando descifrar la manera de sortearlo. Encuentra unas piedras entre las que puede saltar y llegar a la otra orilla. El calor se vuelve insoportable por momentos, pero él continúa subiendo. El sendero, que en su mayor parte ha estado expuesto al rayo del sol, se interna en un bosque frondoso. Entre los árboles, las zarzamoras crecen con fuerza y brindan sus frutos. El hombre tropieza con ellas un par de veces, lastimando su piel con las espinas filosas. Avanza. Atraviesa el bosque, sale de él. El esfuerzo por alcanzar la meta lo mantiene firme, fuerte. Una parte empinada del sendero lo obliga a apoyar las manos en el suelo. De a ratos necesita ayudarse con las manos, escalar. Resbala, cae, se golpea. El agotamiento parece pesar sobre su espalda como si hubiera crecido con cada pisada. El hombre no siente las fuerzas necesarias para levantarse. La sed es enorme, su boca está completamente seca. Su hambre es tan grande que ya no es capaz de sentirla. Siente una profunda soledad, una soledad que parece irradiar de sus huesos hacia afuera, hacia su piel que el sol, en el cenit, calienta sin clemencia. Pasa el tiempo y el hombre sigue tendido en el suelo. Una nube piadosa cubre el sol y un viento se levanta entre las rocas. El hombre toma un respiro profundo y se levanta. A pocos metros de allí, encuentra la cima. El valle del otro lado de la montaña se abre, majestuoso. La nube se corre, el calor vuelve a ser insoportable.