BLOG

Sol en Escorpio (23/10): El universo es invisible

octubre 22, 2019

 

Texto: Espacio Interior Astrología

Ilustración: Conicuri

 

Todas las cosas que no tienen nombre vienen a nombrarse en mí.

Gabo Ferro

 

Cuando lo que se ha manifestado, lo que ha sido, lo que ha tenido su tiempo permanece excesivamente, se pervierte. Cuando lo que brotó del silencio perdura más allá de su realidad, se vuelve vicio, veneno. Lo que se manifiesta necesita extinguirse. El ciclo de las cosas es inexorable. Para que algo sea real, necesita dejar de serlo. La extinción, la destrucción, libera, vuelve disponible la energía que estaba cristalizada en eso que es destruido; nos permite acceder a un espacio interior poblado, a un mundo amplio y dichoso. Durar no es mejor que arder; sólo es un momento distinto. Escorpio es momento de arder. No darle lugar a la destrucción la extiende, la desparrama sobre nuestra vida, la vuelve sufrimiento.

Este ciclo revelará cuán necesario se me hace ver el dolor para mirar a los ojos a la vida. Ver no es nadar, inundarse, ahogarse en sufrimiento. La conciencia nos permite ver y atravesar. Esa conciencia que atraviesa, encontrando el propio poder, permite abandonar algunos de los gestos que nos aferran a la muerte, a lo que ya no tiene presente. ¿De qué modo se vuelve posible atravesar la muerte, dejar atrás lo muerto y, finalmente, renacer? ¿Qué mío tiene que morir para abrirme a la vida?

¿Cuán cerca puedo estar de mi propia potencia? ¿Cuánto tengo que destruir y destruirme para darle lugar a mi propio poder? “Cuanto más perdido estoy / más se revela el destino”, agrega Gabo. Si simplemente me permitiera la cercanía con mi esencia, con mi espíritu, con lo que soy detrás de las determinaciones que me brindan contención y protección; si fuese capaz de acercarme al corazón del silencio que me habita; si lo invisible tuviera el espacio suficiente; si dejara de buscar y encontrara mi propia fuerza; entonces, el poder se desplegaría. Yo dejaría de ser quien soy para empezar a ser una multitud, un coro, un deseo que me encuentra con el mundo, que me funde con él. Algunos llaman a este proceso “iluminación”; otros, “iniciación”. Yo digo simplemente que así es como nos transformamos, así es como vivimos, más suavemente o con más intensidad, pero de algún modo siempre estamos en algún punto de este ciclo de transmutación. Y mientras mayor es la profundidad con la que se hunde la destrucción, mientras más visceral es el impulso desgarrado, más profunda y poderosa es la energía que se vuelve disponible para el siguiente paso, para el próximo movimiento.

Todo aquello que no puede ser nombrado y sin embargo busca habitarse es dominio de Escopio. El silencio, la oscuridad, lo invisible. Hundo mis manos en un agua desconocida, con los ojos cerrados para no ver la oscuridad. Huelo la muerte, el peligro, el miedo. Huelo el animal sexual que me habita. Todas las cosas que no tienen nombre vienen a nombrarse en mí: les abro el espacio de mi cuerpo para que sean sentidas, aun sin nombre. Escorpio atraviesa el cuerpo de una sustancia invisible y tremendamente poderosa. El espíritu, la sexualidad, el poder, el instinto: las cosas invisibles que el cuerpo puede sentir laten en este signo: todo lo que no tiene nombre busca ser sentido.

Escorpio no habla de la belleza, la justicia, la bondad y la calma. Desde otros signos tendemos a juzgar lo escorpiano como malo, desagradable, inadecuado… incluso muchxs colegas intentan encontrar lo “bueno” de Escorpio. Sin destruir lo perverso, el júbilo es un disfraz con el que me escapo de mí mismx. Sin atravesar el conflicto, la armonía es meramente acomodarse al deseo del otro. Es necesario que perezca lo que no tiene realidad. Es tan vital como el brote de una semilla. 

Me he encontrado un elemento común en todas consultas en las que he acompañado a parteras trabajando con su carta natal: en todas ellas he encontrado una referencia a la experiencia de cercanía entre la vida y la muerte que se da en el momento del parto. También es algo que he charlado con personas que han parido. Podríamos traducirlo a que el bebé muere “en tanto feto”, pero es algo más profundo que eso. Algo más invisible. Nacer es arrancarse de la inexistencia, del silencio: darse un nombre, darse una entidad y, por tanto, ponerse en manos de la muerte. Antes de esa existencia, la muerte sería sólo parte de la vida de la familia de ese feto no nato. En el nacimiento, un cuerpo es entregado a la vida, brindado. De ahí en adelante, es un cuerpo capaz de morir. Pero también es un cuerpo capaz de entrar en contacto con todo aquello que lo excede, capaz de abrirse a todo lo que puede tener lugar en él, como cuando el cuerpo se abre al dar a luz: alumbrar un bebé es entregarle una vida a la vida, a esa fuerza enorme que nos contiene y nos sostiene. Entregarse a la vida es un desafío que siempre-ya golpea a nuestra puerta, y al que siempre estaremos llegando. La vida parece tener una profundidad infinita; un camino en espiral hecho de variaciones de ritmos e intensidades. En este punto del camino, en el momento Escorpio de la rueda zodiacal, necesitamos morir, necesitamos encontrarnos cerrando aquello que traba nuestros movimientos, necesitamos dejar ir lo que ya no tiene realidad, lo que ha permitido llegar hasta acá pero que, en adelante, es un lastre. Como los cohetes espaciales que dejan caer los propulsores que necesitaron para vencer la gravedad de la Tierra, pero que ahora, vacíos, sólo les traerían problemas. 

En la medida en que me permito abrazar la destrucción, me abro a ser aquello que todavía no soy, a aquello en lo que me convertiré. El miedo se apodera de mí, temo perecer por completo: temo que esta transformación me arranque de este mundo. O lo anhelo: deseo esa muerte que me devuelva al paraíso perdido. Abrazo la vida que se abre del otro lado del umbral de la muerte, o me quedo en el borde, coqueteando con la idea de que mi vida realmente termine, de que no haya nada más del otro lado: la esperanza de que la muerte sea completa y me alivie del dolor de la existencia. Una ilusión extraña pero general y persistente: el goce de la cercanía con la muerte, con el sufrimiento. Permanezco cerca de lo que puedo identificar en lugar de aventurarme a lo desconocido, a lo diferente. Del otro lado del dolor está el júbilo, del otro lado de la muerte está la vida, pero si no me atrevo a abandonar el campo de Marte, nunca podré saborear la dicha ni enfrentar sus desafíos.

La sexualidad, ese campo escorpiano por excelencia, es un enorme espacio de encuentro con todo aquello que nos excede, un espacio que nos permite tocar lo invisible. No hablo aquí sólo de las experiencias de exploración genital, pero también hablo de eso. Hablo de la sexualidad como forma de encontrarse con la vida, con el mundo, desde el seno del espacio corporal. Me encuentro con una corporalidad que produce deseo, que es atravesada de hormonas y sobre la que sólo tengo un control parcial desde la conciencia (permitir/reprimir). También me abre al exceso una cuerpa que se deja atravesar de placer (más allá de la bioasignación sexual, el placer siempre viene de otro lado, y nos penetra). Esa corporalidad nos abre y sostiene otros excesos: el espíritu, en la exploración sexual, se vuelve tangible. Las potencias de la sexualidad son amplias y profundas. También aparece aquí el eco de las violencias que nos han atravesado, ya que la intimidad nos lleva a un lugar vulnerable, a una apertura que requiere enormes dosis de confianza y amor para permitirnos habitar esos cuerpos que hay en lo profundo de nuestra corporalidad. Otro elemento escorpiano que aparece aquí es lo tabú. El espacio de la sexualidad siempre busca ser escondido, y muchas veces nos hace sentir culpa (gran palabra clave de este signo). La violencia sexual como método de disciplinamiento social vuelve demasiado frecuente la necesidad de limpiar del cuerpo experiencias de abusos. Por otra parte, todes nos sentimos desprotegides en mayor o menor medida frente a la agresividad del colectivo, y desde esa sensación tendemos a elaborar una serie de estrategias que desplegamos para evitar ser marginales en el sistema sexo-género, estrategias que muchas veces nos llevan a limitar nuestra exploración de la propia sexualidad. Aun cuando seamos cis-género y heterosexuales por convencimiento y sin represiones, siempre hay derivas de nuestro deseo que nos exponen a algo que sentimos riesgoso. Incluso cuando habitamos una identidad LGBTTTIQ+, algo de lo que sentimos permanece en sombras. De algún modo, algo de nuestro placer siempre está en el clóset: siempre es posible hacerse de algún rincón del cuerpo más, volver erógeno otro espacio, ensanchar los límites de la piel, aprender a acariciarse con el tacto preciso o cubrir un cuerpo con el amor suficiente para poder tocarse el alma. Todo lo que se abre, en este campo, genera un desgarro de la identidad construida. Todo lo que en la sexualidad crece arrastra tras de sí a la subjetividad, obligándola a transformarse. 

Lo que solemos encontrar como características psíquicas de les nativxs del signo de Escorpio es una reacción a esta energía esencial que anima al signo. La necesidad de control, el conflicto y la voluptuosa relación con lo escondido son formas de responder subjetivamente a una energía a-subjetiva: busco controlar porque el exceso está en primer plano, busco esconder y bucear en lo escondido porque lo invisible late y forma una voz tan singular en el seno de mi silencio, que aterra. El miedo, claro, también es una reacción fuerte a la energía escorpiana. Corren aquí el arquetipo del brujo, del chamán, de la hechicera y la bruja, del monstruo y de la bestia. El pulso desconocido de lo anormal y la fuerza del espíritu laten bajo los ropajes lodosos de este signo. El magnetismo enorme de lo escondido, de lo tabú, de las sombras. También habitan en este arquetipo la fuerza de la sexualidad y del poder, de los flujos financieros y del dolor. Escorpio trae a la presencia lo que nadie quiere ver, escuchar, sentir. La subjetividad que ha sido creada por Cáncer a partir del universo múltiple que Géminis hacer aparecer al poner en relación la energía (Aries) y la materia (Tauro), será expresada por Leo, para luego integrarse a un sistema en Virgo y vincularse con otres en Libra. En el momento Escorpio, esa subjetividad muere, se desintegra, para lograr alcanzar formas más profundas de subjetividad: una que permite la producción de sentidos, el encuentro con las verdades humanas, con la sabiduría a la que se accederá en Sagitario. El momento Escorpio es un pasaje necesario: diluir todo aquello que nos ha permitido llegar hasta aquí permite seguir adelante en el camino. Sin destruir a ese niño-héroe que Leo expresa no es posible seguir el camino que la vida quiere caminar a través de nuestra experiencia. Escorpio no tiene un lado bueno ni un lado justo o armónico: Escorpio es potencia, fuerza. Puede ser potencia enfocada en transformarse o en resistir esas transformaciones, potencia que destruya aquello que no nos permite ser quienes somos o pasión de abolición que busca una destrucción absoluta. No es posible evitar la destrucción, pero sí conducirla y abrirle los brazos, como la niña lo hace con la muerte en la carta de Tarot del mazo Rider Waite.

 

Visualización:

Un río poblado de camalotes se va ensanchando sobre el terreno. La corriente se vuelve más lenta. El cauce se ha hecho poco profundo y el agua se extiende en el espacio. El río se vuelve un lodazal en el que miles de sapos y ranas se alimentan de moscas y grillos. El aire está poblado de sonido, de aromas y de espesos revoloteos de insectos. Debajo de la superficie del agua, algo se agita cada tanto. Las serpientes se deslizan por el barro. Un hombre con una túnica negra se acerca a la orilla. Está descalzo, su cabeza está enterrada en su capucha. Entra un poco en el río, hunde sus pies en el barro y se quita la capucha. Es un anciano de barba blanca y ojos brillantes. Su enorme nariz respira con fuerza el aire viciado del pantano. Estira sus brazos hacia adelante y comienza a mover las manos. Parece estar moldeando una esfera en el aire. En medio del lodazal, unas burbujas desarman la lisura de la superficie del agua. Brotan cada tanto. La intensidad crece, el agua se agita. El brujo agita sus manos con más fuerza. Pareciera que un fuego crece dentro de él. De pronto, del medio del agua, una espada brota del agua y se acerca a las manos del brujo. Como si hubiera liberado un tapón del fondo del estanque, el agua comienza a correr con mayor velocidad. Lentamente, el pantano va perdiendo su extensión, el agua se va por el cauce del río. El brujo toma la espada y hace una reverencia. Apoya la espada en el suelo y se quita su túnica negra. Debajo de ella, podemos ver que el hombre lleva puesto un hermoso traje de caballero, blanco e impecable. Deja la túnica entre el barro, toma la espada y se va, río abajo.