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Géminis. El universo quiere jugar

mayo 30, 2019

Texto: Espacio Interior Astrología

Ilustración: Conicuri

Es el deseo quien lleva al jugador a aceptar las amarras del Karma. Si no existe el deseo de jugar, nada atraerá hacia el juego. Pero jugar está en la naturaleza de la conciencia. En el principio no hubo juego. Pero la naturaleza juguetona de la conciencia no puede estar inmóvil sin ju­gar. Así… Hágase la luz” es “hágase el juego”. El Absoluto se con­vierte en muchos desde el Uno para jugar el Juego.

Lilah (juego de autoconocimiento hindú) en la versión de Harish Johari

Este ciclo geminiano nos pregunta: ¿Cuánta autonomía necesito para abrirme al juego? ¿Cuánta madurez emocional requiere permitirme hacer cosas por la simple alegría que encuentro en ello, sólo por la diversión? ¿Qué necesito permitirme sostener y qué necesito que me sostenga para abrirme a explorar un espacio de forma creativa e inocente? El sol en Géminis también interroga cuánta autonomía es necesaria para poder decir-me, para poder sacar de las sombras las palabras atragantadas y dejar de sostenerme en el silencio. Jugar y jugarse-la por el propio espacio y la propia palabra. También trae la posibilidad de distraerme, de hablar de cosas livianas y ajenas para no ponerme en juego emocionalmente hablando: mantenerme en el aislamiento gracias a una superficialidad en la que nada se pone en juego.

“Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Canta, canta y repite la misma canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos. Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse”, dicen Deleuze y Guattari.

El juego es un ritornello desde el que construimos una relación con el mundo. Una y otra vez repetir el mismo cuento, la misma canción, los mismos gestos. Les niñes, en su primer acercamiento con el mundo, se construyen jugando, repitiendo. La repetición conjura la amenaza. Cuando la madre se aleja, el niño no sabe que va a regresar. La madre volviendo es un ritornello. La lengua repitiendo el mismo sonido, ese sonido que repito y me acerca ese objeto: la madre, la teta, el agua.

–¿Dónde está? –le preguntamos cuando está escondide detrás de algo.

–Acá está –le decimos cuando sus ojos están al descubierto. Una y otra vez.

Existo y me pierdo en los ojos que hacen contacto con el otro. El contacto que se teje con el mundo me permite sentir que estoy, que estoy acá.

El juego, luego, en la vida, sigue siendo un espacio de incorporación de saberes, de creación de sentidos, de aprender a lidiar con las pasiones. Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está, para intentar conjurar el miedo a lo salvaje. Juguemos a perseguirnos, a cazarnos y a casarnos, a cocinar, a pelear, a salvar un muñeco que se está ahogando o a volar en avión por la sala. En el juego el mundo se revela.

Géminis habla de la relación, la comunicación, entre dos polos: la materia y la energía, la luz y la oscuridad, la palabra y el silencio. Todos los polos se construyen mutuamente, y ya en el primer gesto de sustanciación taurino, cuando aparece la primer energía condensada en materia, aparece la relación: por ejemplo, la gravedad que esa masa incipiente comenzará a producir en su transformación del entramado tiempo-espacio. Desde ahí en adelante, crece la multiplicidad, los infinitos grados de sustanciación (desde una nebulosa hasta un agujero negro como grados de condensación de la energía del Big Bang, desde una bacteria hasta un árbol como grados de condensación de la energía solar): infinitos grados de concentración de energía formando materia, que entran en relación entre sí, produciendo en esas relaciones nuevas realidades. La sustancia aparece en la relación con la energía. Antes de la sustancia, sólo había silencio, indiferenciación, la nada cubierta de luz, o la pura sombra. Con el primer destello o con la primera sombra, aparece la posibilidad de que la luz sea algo, de que la sombra sea algo. En la diferencia se construye la existencia: todo lo que es está separado de algo que no es. En la unidad absoluta no hay existencia. Esto es lo que regala Géminis: los infinitos modos de existir que, si bien nacen por oposiciones duales, son capaces de engarzarse y alimentarse en una multiplicidad vasta, extensísima. En la oposición, Géminis desgarra el absoluto, particularizándolo. En la multiplicidad, nos vuelve a tejer un puente hacia la totalidad.

En Géminis aparece la diferencia y, con ella, la comunicación. Lo diferente tiene una relación solidaria: sin un polo, el otro se destruye. De algún modo, la realidad humana es agrietada. La ilusión es obviar la mutua necesidad, y la construcción recíproca que un polo y el otro efectúan. El piso electoral de un candidato es el techo electoral del otro, la política que despliegue quien sea que gane una elección está atada a los sentidos que puede producir en diálogo con la política opuesta. Si la polaridad es entre el ejército rojo y el blanco o ente los soviets y el partido, o entre el kirchnerismo y el macrismo, lo construido sea cual fuere el polo victorioso se define en relación al polo derrotado: soy en el conflicto, y por lo tanto soy junto con el otro o la otra. Incluso una idea es un diálogo con una no idea. La idea de “casa” se delinea del recorte respecto del afuera, la palabra “árbol” tiene un sonido posible porque se escribe “árbol” y no “ártico”, porque suena “árbol” y no “árabe”. Géminis multiplica, desde estas relaciones diferenciales, la malla de lo real, la telaraña de lo posible, el entramado de lo que es posible distinguir.

Imagen:

En una habitación vacía, completamente a oscuras, entra un rayo de luz. El piso, las paredes, el techo, todo está construido con espejos. El haz de luz comienza a rebotar. Imaginemos que en su trayecto, el haz de luz va extendiéndose, como si al desgarrar el aire lo dejara manchado de luz. Ese haz rebota y al redirigirse va dibujando una línea de luz que choca con otro rincón del cuarto, desde donde rebota nuevamente hacia otro lugar. Mientras el haz sigue rebotando, va dejando dibujada en el aire una trama de haces, una telaraña de luz en el espacio vacío de la sala de espejos. Puedo distinguir lugares por los que el haz ha pasado varias veces y puedo ver cómo ese espacio es más luminoso que aquel rincón del cuarto por donde el azar no ha logrado acercar la luz.